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Curar y cobrar, una difícil convivencia

De: Gabriela Navarra
La Nacion 2001
 

Claroscuros de un sector clave 

Los recursos no llegan a quienes más los necesitan

Las prepagas, que cubren a unos 4 millones de personas, llenaron un vacío de la salud pública, pero se les critica un excesivo afán de lucro. 


Las empresas de medicina prepaga ocupan un lugar nada despreciable en lo que, para desencanto de muchos, se ha dado en llamar el mercado de la salud de la Argentina.

La desregulación muestra en este terreno quizás uno de sus costados más riesgosos: la falta de leyes y controles deja abierto el terreno para que la noble misión original -cuidar la salud- se convierta, en ocasiones, en una actividad comercial más.

 Las prepagas -que vinieron a llenar el vacío dejado por el sistema de salud pública- comenzaron a surgir en la década de los 70. Sus primeros clientes fueron sectores autónomos de recursos medios y altos, adheridos voluntariamente, pero más tarde se sumaron a ellas empleados con relación de dependencia en busca de mejores servicios e infraestructura.

 Muchas hacen acuerdos con obras sociales, que retienen una parte del aporte obligatorio del afiliado y destinan el resto a la prepaga, responsable en adelante de su atención. Es el clásico esquema de tercerización o mix privado-seguridad social. 

La mayoría de las empresas se agrupa en tres entidades: la Cámara de Instituciones de Medicina Asistencial de la República Argentina (Cimara), la Asociación de Entidades de Medicina Prepaga (Ademp), formadas hace unas dos décadas, y la Asociación Civil de Actividades Médicas Integradas (Acami), que tiene sólo dos años. Las dos primeras reúnen a 86 empresas; la tercera, a 15. Pero el número total de prepagas del país es una incógnita.

 Sin registros 

El doctor Pablo Giordano, que preside Ademp, dice que la entidad agrupa a 170 empresas. "Son unos 2,5 millones de beneficiarios. Pero si agregamos los afiliados a obras sociales de personal de dirección, hospitales de comunidad, mutuales y cooperativas, llegamos a 4 millones."

 Mónica Panadeiros, economista de la Fundación de Investigaciones Económicas Latinoamericanas (FIEL), dice que "no hay registros oficiales y no se sabe la cantidad de afiliados al sistema". Esos datos deberían ser ofrecidos por la Superintendencia de Servicios de Salud, que depende del Ministerio de Salud y Acción Social, bajo cuyo control se encuentran -al menos, teóricamente- las empresas de medicina prepaga. 

Acerca de las regulaciones hay opiniones divergentes. Rodolfo González, presidente de Acami y gerente general de la Organización de Servicios Directos Empresarios (OSDE), cuestiona el fenómeno regulatorio. "En la Argentina -dice-, los entes reguladores pasan a ser entes legisladores: cualquier funcionario con una lapicera en la mano es un Parlamento."

 Para Giordano, en cambio, la ausencia de regulaciones genera un vacío que permite, entre otras cosas, "que compitan empresas de medicina serias con otras que son directamente desastrosas".

Entre los disconformes están muchos médicos: cobran entre 8 y 15 pesos por consulta, y a veces con demoras. "Somos la variable de ajuste de las prepagas", dijo a La Nación un reconocido obstetra que pidió no ser identificado. Para compensar los bajos pagos, los médicos atienden más pacientes en menos tiempo, sacrificando muchas veces la calidad de atención.

Carencias problemáticas 

Con cuotas de entre 40 y 250 pesos por persona, las prepagas mueven anualmente no menos de 2500 millones de dólares, contra 5000 millones del sector público y unos 8000 millones de la seguridad social, incluyendo PAMI. El promedio mensual que estas empresas asignan per cápita es de 70 pesos, y alrededor del 80 por ciento de la cuota es para gastos médicos. "Las prepagas tienen baja rentabilidad -dice Giordano-. Por eso el mejor negocio es la prevención, mantener a todo el mundo sano." 

En los últimos tiempos las prepagas más grandes del sector fueron adquiridas por capitales del exterior. A algunos no les preocupa. "Hacen falta reglas de juego claras y parejas para que queden en el mercado los mejores", dice González. 

Giordano, en cambio, no está tan tranquilo. "Si la empresa extranjera también trabaja en salud en su país de origen, no hay riesgos -expresa-. Pero si son fondos de inversión que tienen un excedente y compran negocios de distintos rubros, cuando el negocio deja de ser rentable, venden. No es tan grave si se trata de una heladería, pero es gravísimo cuando se pone en juego la salud."